Otto Guibovich – Diario Expreso
La palabra “miserable” tiene dos acepciones principales: literalmente, designa a quien vive en la miseria de la extrema pobreza, la marginación y, por tanto, en el sufrimiento; en su dimensión moral, alude a una persona vil, despreciable por su bajeza ética. Víctor Hugo, en su novela Los Miserables (1862), cuestiona ambas dimensiones y refleja a quienes, pese a su degradación material, conservan la capacidad de redención. Al mismo tiempo, critica la miseria moral de quienes perpetúan la extrema miseria con total indiferencia.
En el Perú actual, la miseria material se manifiesta en millones de peruanos sin acceso a alimentos, agua potable, vivienda y servicios básicos; en comunidades altoandinas y amazónicas aisladas sin vivienda digna, conectividad ni salud. También, en familias aterrorizadas por sicarios y extorsionadores, en inocentes que pierden la vida en balaceras, en la pésima gestión pública que dilapida presupuestos, o aquellos traicionados por instituciones corrompidas donde buscar seguridad y justicia es peligroso o un sueño lejano.
Otro nivel de miseria es de quienes juegan con la democracia y cogobiernan sin ser elegidos. Cooptan instituciones claves y las pervierten, asumen decisiones de Estado desde la fachada de ONG o desde cualquier otra careta. Cogobiernan con los ganadores de turno, se instalan en las instituciones que mayor presupuesto tienen hasta precarizarlas. ¿Las narrativas?: “justicia”, “gobernabilidad”, “transparencia” o cualquier eufemismo. El interés real es el lucro o robo de recursos, sumiendo a la población en mayor pobreza o mandando inocentes a la cárcel.
Más visibles son aquellos de poder transitorio, cuya bajeza moral adquiere autoridad: congresistas y ministros que ejercen su función abierta e impunemente en beneficio propio o generan leyes con nombre propio. La historia es repetitiva y se puede caer tan bajo que no dudan en “mochar” los sueldos a sus trabajadores o humillarlos con tareas impropias, convirtiendo a una de las instituciones más importantes de la patria en el hazmerreír y blanco de odios enconados, donde el grito de ¡cerrar el Congreso! provoca éxtasis colectivo. Sus miserias los conducen por un tubo directo al pozo de los miserables en la pluma de Víctor Hugo.
Finalmente, destacan los “gran miserables”, la encarnación de la miseria moral extrema, con gran desprecio por quienes sufren: los expresidentes encarcelados o en camino. No solo saquearon al Perú apropiándose de recursos a costa de los más pobres, sino que señalaron el camino errado a seguir. Su mal ejemplo normalizó la corrupción y la espiralizó, legando la idea de que el poder es sinónimo de coima. Estos pasan el umbral de la miseria moral terrenal y merecerían el noveno círculo del infierno de Dante Alighieri, allá donde van los maldecidos, los traidores, a codearse con Judas y Lucifer.
Sin embargo, como en la obra de Víctor Hugo, la redención es posible. Perú puede romper el ciclo vicioso: declarando una guerra sin cuartel a las mafias asesinas, independizando la justicia y con “tolerancia cero” a la corrupción, desde el sillón de Pizarro hasta la comisaría. Si las palabras motivan, el ejemplo arrastra, y dar el ejemplo es un imperativo moral que empieza por la cúspide.
Hoy, la corrupción empieza por los presidentes —con honrosas excepciones— y se expande como mancha de aceite por todo el Estado. Tiempo de redención, tiempo de dar el ejemplo, tiempo de elegir bien. ¡Feliz 2026!




