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AUSENCIA DE BONDAD

Pastillita para el Alma 05 – 01 – 2024 De un tiempo atrás como, que me ha entrado una especie de modorra intelectual, me dedico más a leer

AUSENCIA DE BONDAD



07/01/24 - 10:14

Pastillita para el Alma 05 – 01 – 2024

De un tiempo atrás como, que me ha entrado una especie de modorra intelectual, me dedico más a leer, a escuchar charlas y conferencias, alejado totalmente de las noticias, que solo informan problemas, corrupción y una cadena de notas de la inseguridad ciudadana que ahora se ha extendido no solamente en la gran Lima, sino en todo nuestro sufrido Perú  y tengo muy pocas ganas de escribir, salvo, en aquellas ocasiones especiales que, por razones de fuerza mayor, he tenido que transportar al papel, sentimientos de pena indescifrable, por seres queridos que se me adelantaron en su viaje sin retorno.

Creo, sin lugar a equivocarme que, este año, para mí, en el real sentido de la palabra, ha sido tan trágico, como los que pasé cuando perdí a mis seres muy queridos, fui nuevamente golpeado con severidad, no en lo físico, que calma con medicinas, pociones, linimentos o frotaciones, sino en la parte donde más duele, como es, como cuando te golpean y te rascan las entrañas del alma y tu tranquilidad pende de un hilo, por lo que dejé, inclusive, de asistir al Hospital, tratando de enderezarme, como se endereza el junco, cuando la tempestad lo dobla, hasta enterrarlo en el fango, e igual a esa caña brava, que no sucumbe, volver a pararme valiente para seguir desafiando la vida, entendiendo que, mis males son banales, comparadas con las heridas de quien entregó Su Vida por salvarnos y con su infinita bondad me mira, otra vez, con ojos de misericordia, regalándome la brisa que calma las angustias, después de la tormenta.

No tenía derecho se ser solo yo, quien respira con paz en este mar tempestuoso, donde la ingratitud, la envidia, la maledicencia, el rencor y el odio se balancea con los torbellinos del viento de la incomprensión humana, sacando fuerza de mi alicaído ánimo, escribí a unas personas muy queridas, para contagiarles, la alegría de vivir, en medio de la borrasca, sin obtener ninguna respuesta, estoy como en la novela de Gabriel García Márquez “El coronel, no tiene quien lo escriba”, pero, si con pensión, sin gallo y felizmente con mi esposa sin asma.

Hoy día, empezó un nuevo año, con nuevos bríos, igual que mi potro alazán frente blanca, de mis años mozos, fui al hospital, a mi rutina de los martes y viernes, en la mañana y como era de esperar, me encontré con nuevos internos y estudiantes de Medicina de diferentes universidades en los consultorios de emergencia, a quienes les saludé, muy cordialmente y me presenté, como su amigo médico consultor del hospital, para sorpresa de ellos, de ver, tal vez en su apreciación de jóvenes estudiantes, ¿qué hacía un hombre tan viejo, vestido de blanco y que entraba con tanta confianza a sus ambientes exclusivos de trabajo?, con las explicaciones de las señoritas enfermeras y auxiliares, volvió la calma al ambiente y los enfermos entraban y salían, casi tan rápido como cuando ingresaron, porque los pacientes eran derivados a los consultorios de las diferentes especialidades. De repente apareció una señora, adelgazada, modestamente vestida, con los ojos llorosos, que, con la mano izquierda, cubierto con una tela negra con cubos de hielo, se agarraba la parte posterior de la cabeza. La señorita enfermera la hizo sentar en una silla, la rodearon los médicos, o casi médicos, los internos, alumnos del último año de Medicina, la miraron y una de ellas, sin dejar de mirar su teléfono, dijo: Es solo un chichón hay que indicarle un analgésico y decirle que se retire a su domicilio. 

¡¿¡ LAMENTABLEMENTE, ESTA ES NUESTRA TRISTE REALIDAD !?!!.

Me quedé perplejo y absorto, ante el asombro de los bisoños colegas. Entonces bruscamente,  se oyó la voz de ese médico viejo, voz fuerte, para que todos lo escuchen, pidiendo a la señorita enfermera que, cierre la puerta del tópico, deje a su acompañante y con pasos resueltos, se acercó a la paciente y con voz dulce, le preguntó su nombre, le cogió de la mano, la acarició, dijo que tenía 82 años, que era del interior del país, que muy joven vino a Lima y trabajó en un hospital del Estado, en el servicio de Medicina Física y Rehabilitación, que muy joven se quedó viuda, ahora, se cayó de espalda cuando subía las gradas, no recordaba si tuvo un mareo o se tropezó, solo dice que su vecina la auxilió y la trajo al hospital, que ella vivía sola, porque hace 30 días que había fallecido su único hijo, quien la mantenía, porque su pensión no lo alcanza. Comenzó a llorar desconsoladamente, balbuceando el nombre de su hijo y quejándose, como lo trataba el destino, en forma tan cruel. El viejo médico, la miraba con honda ternura, mientras los jóvenes, conversaban mirando su teléfono, el viejo médico, humano al fin, tal vez también lloraba, con lágrimas que no se veían y tomándola de ambos hombros y mirándole a los ojos, le dijo: ¡No llores abuelita linda, tu hijo te está mirando desde el cielo y viendo tu llanto, él también llora y sufre más, porque no puede consolarte, pero Diosito ha permitido, que en esas dos manos del viejo que te agarra de los hombros, sean las manos y la energía de tu hijo, que ahora te mira desde el cielo y te pide que no sufras, porque él, siempre estará contigo, aunque tú, no lo veas! El médico viejo la besó en la frente, lo acercó a su pecho y entre gemido y gemido, la paciente se calmó y dejó de llorar.

Se hizo un silencio eterno en el ambiente, apenas se escuchaba el tenue ruido del aire acondicionado, nadie pronunció una palabra y el viejo médico que estaba de rodillas, con un poco de dificultad, se puso de pie y dirigiéndose a sus colegas, les indicó que la paciente se quedaba en observación, que se ordene sus exámenes auxiliares, una tomografía computarizada de cráneo, se pida interconsulta al especialista de Medicina Interna, al de Neurología e inclusive al de la Unidad de Cuidados Intensivos.

Ese viejo médico que debe tanto a la vida, que ya se encuentra en el umbral para pasar a ocupar su sitio en el oriente Eterno y que el tiempo ya no le alcanza para devolver tanta misericordia divina recibida, había mostrado a sus jóvenes colegas, con su humilde y piadoso comportamiento, el significado de la grandeza de ser Médico, y recordó que, en un pasaje de la Biblia, al parecer en el Eclesiástico 38:1 menciona “Dios ha escogido a los médicos para que atiendan a sus enfermos”.

Allí terminó, la reseña de la mañana, para este viejo médico, que sin mediar una palabra, ni una mirada, ni una sonrisa, agarró un libro, su fiel acompañante y sin voltear la cabeza, cerró la puerta detrás de él y en los pasillos de azulejos del viejo hospital, salió a la calle, caminando unas cuadras y recordando  las callecitas rectas, ayer de tierra apelmazada, con su sequia al centro, de su inolvidable tierra natal, añoró la alegría de su gente, la amabilidad de sus médicos y vio soñando despierto, el rezo de los Salmos, de los sacerdotes en el Libro La Columna de Hierro de Taylor Caldwel:

¡Oh tú, que nunca abandonaste al hombre,
Ten piedad de nosotros que te abandonamos a Ti!
¡Oh tú, cuyo amor es mayor que todos los universos
Ten piedad de nosotros que pagamos tu amor con odio!
¡Oh tú, cuya mano está lleno del perfume de la curación,
Ten piedad de nosotros que nada curamos, sino que destruimos!
¡Ten piedad de nosotros!
¡Dios ten piedad!


Jorge REINA Noriega
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