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TALEGUITA DE BONDAD

Pastillita para el Alma 29 – 04 – 2024 Allá, lejos en mí, inolvidable Chachapoyas, a un cuarto de legua de la plaza de armas, al final de los jirones de Ayacucho y Amazonas

TALEGUITA DE BONDAD



30/04/24 - 05:00

Pastillita para el Alma 29 – 04 – 2024

Allá, lejos en mí, inolvidable Chachapoyas, a un cuarto de legua de la plaza de armas, al final de los jirones de Ayacucho y Amazonas, en la zona de Tushpuna, quedaba el Centro Escolar de Varones N° 131, una reliquia histórica, si es que, hasta ahora se conserva; ocupaba una manzana cuadrada, es decir un área de una hectárea. En la bajada que se va a Zeta por el camino del Qhápac ñan y frente, casi, a uno 30 metros de la portada principal de la Escuela, estaba la Capillita de La Cruz de Tushpuna. No recuerdo el nombre de los dos jirones que lo circundaban a nuestra escuela, pero en la calle del lado izquierdo estaba la casa de los Cabañas, muy cerca de un pozo escondido entre pencas, shilshiles y tayos. En el jirón Ayacucho, detrás del local, había una pequeña pampita, donde estaba la casa de doña Lolita Rabanal y como quien va a la plaza de armas, la casona del señor Salazar Reyna, cuya hija muy bonita, por su cabellera rubia y sus ojos azules, le decíamos “la ñusta o la virgen del sol”, que pasado el tiempo, se casó con el señor Edgar Villacorta, trabajador del Banco Amazónico; en la esquina del jirón Amazonas y a media cuadra frente a la avenida Cuarto Centenario, estaba la casa de doña Peta, una señora que hacía los alfeñiques, que vendía a 5 por “medio”, es decir a un centavo cada alfeñique, una delicia para todos los escolares.

En el 131, pasé los seis años de mi educación primaria, porque las primeras letras lo hice con doña Florcita Orbegozo, de la plazuela de Santa Ana y la Preparatoria, en la Fiscal de Varones de don Isaac Más, camino a Tingo pampa.

La razón por lo que no fui al Colegio Seminario de Jesús María, a cuadra y media de donde vivía, fue porque al Centro Escolar N° 131, llegó don Luis Noriega Vigo, normalista de primera categoría, formado en Lima y recién nombrado como director del Centro Escolar.

Don Luis Isaac Noriega Vigo, hermano de mi adorada madrecita, fue un personaje muy excepcional, el primogénito de los Noriega Vigo, cuyos 3 de sus hermanos no le trataban de “tu”, con excepción de mi mamá Rosita; su hermano Antonio, también maestro, le decía don Lucho y su último hermano Aníbal, médico cirujano, le llamaba “papá”, como todos sus sobrinos y personas muy allegadas. El papá Lucho, era muy disciplinado, estricto en todos sus actos, religioso y piadoso, asistía a misa de 6 de la mañana, todos los días, previamente, no sé, si como tortura o forma de disciplinarme, iba a mi dormitorio a levantarme, para acompañarlo a la catedral y despertarme, metiendo sus manos frías a mi espalda, previamente sumergidas en una tina de agua fría que había en el segundo patio de la casa, ante la vista y paciencia de mis padres.

En este momento, a las 4 de la mañana, sentado en mi biblioteca, en la quietud del amanecer, viene a mi memoria su metodología de enseñanza de nuestro señor director del Centro Escolar de Varones N° 131, que, dicho sea de paso, nunca fue mi profesor directo, así como el recuerdo de toda su junta de excelentes maestros  de los años 1943 al 1948, en que tuve el honor de permanecer los 6 años, de Instrucción Primaria, con asistencia al plantel de lunes a sábado de 9 am a 12 m y de 2 pm a 5 de la tarde, con excepción del sábado que solo era hasta las 11 de la mañana.

De nuestros señores maestros, creo, casi todos de tercera categoría, sin embargo, ellos, con una gran vocación de servicio, señores docentes en todo el sentido de la palabra, elegantemente vestidos, con terno y corbata, sombrero de paño o de paja de Guayaquil, dictaban sus clases con mucha ceremonia y disciplina, esforzándose por darnos las bases fundamentales de nuestra enseñanza y sobre todo enseñándonos, con el ejemplo, de su comportamiento y actitudes. 

Empezábamos nuestras clases, por las mañanas, en nuestros salones, dando gracias a Dios por nuestro día y por la salud de nuestros padres y familiares. Las clases siempre eran entretenidas, en un ambiente de franca camaradería, nuestros profesores nos contaban anécdotas y ejemplos de la vida real, recalcándonos siempre el amor al estudio, porque una buena educación nos iba a hacer hombres de bien el día de mañana. Los recreos siempre eran una fiesta y muchas veces cuando había algún mal entendido, no faltaba el “chócale para la salida” y siempre con la presencia del Guaranguito, profesional echando leña al fuego y encargado de hacernos recordar nuestra palabra y llevarnos atrás de la escuela, donde dirimíamos nuestras discusiones que, terminaban cuando salía “chocolate” de la nariz y luego la paz volvía entre nosotros. El Guaranguito nunca se trompeó y solo una vez nuestro amigo Calampa le hizo correr dándole patada limpia donde la espalda cambia de nombre, en la explanada del Colegio San Juan.

En esos tiempos de la década del 40 del siglo pasado, pienso que, el total de alumnos no llegaba a los 80 cuando mucho y todos nos conocíamos y para nuestros profesores les era fácil mantener la disciplina y darnos buenos consejos de comportamiento para nuestros hogares y para nuestro proceder en las calles, que dicho sea de paso eran escasas y poco pobladas.

Don Luchito Noriega Vigo, el director del Centro Escolar, con su oficina, en el zaguán a la derecha, entrando por el portón principal, con su escritorio bien ordenado, con un globo terráqueo y un Crucifijo, sus paredes con mapas del Perú y la Bandera Nacional o pendón bicolor con su asta de madera, que se lucía en los desfiles del 28 de julio o en las ceremonias oficiales. Nuestro director se había dado el tiempo de coser o hacer coser una pequeñas bolsitas de tocuyo, de más o menos 7 cms de largo por 3 de ancho, con un pequeño cordelito que cerraba la entrada de la bolsita, y donde, no todos los alumnos, sino aquellos de su preferencia, teníamos que depositar un grano de trigo, que también nos proporcionaba don Luis, por cada “acción buena” que hacíamos durante la semana, siendo el sábado, el día de la entrega de las taleguitas, como así lo llamábamos y cuyo contenido de las semillas de trigo iban a las manos de la madre Natita López, priora del convento, ubicado detrás de la catedral, con las cuales, las monjitas, hacían las Hostias para la comunión de los fieles.

Las “acciones buenas” consistían en dar el saludo de buenos días, buenas tardes, buenas noches, a las personas mayores que encontrábamos en las calles, decir siempre “por favor” y aprender a decir “ gracias o Dios te lo pague”, por cualquier cosa recibida, ayudar a los ancianos, cargar las alforjas o las canastas de las señoras que venían del mercado, asistir a las charlas en el colegio seminario los días domingos, asistir a los rezos en la catedral, ceder el asiento en las iglesias a la hora de la misa, no decir malas palabras, tener paciencia y no arranques de cólera o de rabia, ayudar en los que haceres de nuestras casas, tratar bien a nuestras mascotas, barrer la calle frente a nuestras casas, respetar a los mayores y hablar con corrección, llevar la basura al huayco y una serie de cosas más que, ya no recuerdo.

Las taleguitas de bondad, fue tal vez el instrumento que nos enseñó a ser lo que ahora somos, las que nos hacía recordar a cada momento la presencia de un Ser Supremo, Hacedor de todas las cosas, porque en los pequeños sacrificios, que en nuestra inocente infancia hacíamos, como el caminar una cuadra con los ojos cerrados, o privarnos del muroncito, las turcas, la caspiroleta o del alfeñique o arrodillarnos con los pantalones remangados en los ladrillos con arena o piedritas molidas, o aguantar el dolor del dientecito de leche, moviéndose en tu boca y arrancado con las manos santas de tu mamita, era señal que, lo hacíamos en nombre de Dios y el contenido de las taleguitas, también mostraba nuestra honestidad, porque algunas veces eran 13 o 15 granitos de trigo lo mostrado y de algunos, la taleguita reventaba, pero sabíamos que a don Lucho se le puede engañar, pero no a nuestro Padre Celestial. 

Taleguitas de Bondad, llegaste para darme la nostalgia de recorrer el jirón Ayacucho de mis años de escolar, caminar por las calles empedradas, con su sequia al medio, pasar por la casa donde vivía la Lolita Arce y sus hermanos, por la pared caída, la casa de don Elí Olascoaga, de mi comadre doña Elvira Durango, la casa de don Pancho Merino, la casa de doña Rosita Castro Villa, con mis compadres Lucho y Aydee Herrera, la casa de doña Anita Picón, de don Félix Castro, la casa de las Candamo con sus tablones en su corredor y sus ventanas entre abiertas, la casa del profesor don Juan Fernández, don Miguel Tejada, la casa de las Rimache y la última la casa de los Zabarburú, donde vivía el Tachuela, don Emilio Visco, que tocaba el melodio y desde allí la calle con cercos de pencas, ancocashas, y huertas de alfalfa, hasta la casa del hermano de don Tobías Salazar para luego llegar al Centro Escolar de Varones 131.

Taleguitas de bondad, viniste a mi mente, hoy día muy de madrugada, … solo la maravilla de nuestras añoranzas y remembranzas pueden traernos el pasado al presente, ya no se puede revivir los amores de ayer, ni el afecto de los amigos que se fueron, menos el cariño de nuestros padres y familiares que se hallan en el Oriente Eterno y ahora en este camino, donde solo palpita la soledad, … la ausencia física de todo lo vivido es un mal inevitable e irremediable y solo queda, con nosotros, todo lo que un día depositamos en el corazón y en nuestra mente y de donde nunca nadie podrá sacar y menos, alejarlos.

Jorge REINA Noriega
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