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CANCIONES QUE REJUVENECEN 1ª PARTE

Pastillitas para el Alma 16 – 11 - 2021 Nadie puede dudar, al menos las personas de mi edad, que esas viejas canciones, que bullen, casi silenciosas y con la letra entrecortada, por los problemas de nuestra envejecida memoria, nos remontan en alas invisibles, a momentos de dicha inconmensurable,

CANCIONES QUE REJUVENECEN 1ª PARTE



19/11/21 - 08:05

Pastillitas para el Alma 16 – 11 - 2021

Nadie puede dudar, al menos las personas de mi edad, que esas viejas canciones, que bullen, casi silenciosas y con la letra entrecortada, por los problemas de nuestra envejecida memoria, nos remontan en alas invisibles, a momentos de dicha inconmensurable, en los que no había ni siquiera la mínima preocupación, que ahora, se convertirían en situaciones de stress o de angustia insoportable.

Esas canciones de antaño, que rascan el alma, son como las cartas viejas, que algunos todavía guardamos en una caja de cartón, con sobres amarillentos y papeles de carta rayado, escritos con tinta líquida azul o negra y que al leerlas te mueven esos conchitos, en los ayeres, en que parecía que el mundo se acabó o que inesperadamente habíamos llegado al paraíso.

“Guapo marino, viaja y naufraga, lleva eclipsado su porvenir. Y si sucumbe bajo las olas, con mis cantares vuelve a vivir. Bravo marino que alegre vas, atravesando mi patria va. Sobre la proa de tu navío, vas cruzando el inmenso mar…” Lloraba el acordeón a botones, el fuelle parecía que iba a reventar, el cielo bellamente salpicado, con estrellitas tintineantes, que parecían danzar; ella la dulce muchachita, suspirando con su corazón a punto de explotar, afuera el fiero galán, fumando cigarros mentolados de don Alejandro Monteza, pegado a la pared y mirando el balcón, tratando de adivinar la carita angelical de su prometida…. “Oye mi llanto, mi voz escucha, bravo marino que alegre vas, sobre la proa de tu navío, atravesando mi patria vas. Si a ti te gusta las poesías, trovas enteras te cantaré, Y cuando llegue la noche oscura, entre mis brazos te arrullaré”. Saltarán una o dos lágrimas, en ojos felices, porque Dios les bendice, por estar juntos, rodeado de sus hijos y de sus nietos y quizás agarrándose sus manos temblorosas, volverán a recordar ese primer beso, que hasta ahora les regala tanta felicidad.

Cuantas veces te vi sollozar y llorar a moco tendido, mi querido Taranguicho, Gustavito Santillán, escuchando “Osito de felpa, juguete de mi hijo, de mi chiquitito que una madrugada se llevó el Señor. Al verte tan triste, creerás un sueño, que tu fiel amigo, se nos haya ido para no volver. Tus ojos de vidrio, no saben de llanto, del amargo llanto, que prendió en mis ojos desde que se fue”. Misterios que rompen el corazón y que yo los escribo poniendo nombres, porque ellos se fueron a la eternidad, llevando el néctar y el sabor de alegrías infinitas, desilusiones nefastas, añoranzas o recuerdos de amores imposibles, que nunca salieron de sus labios y que jamás logré descifrarlos, como por ejemplo de mi compadrito Conrado Santillán, el capitán eterno de nuestro inolvidable Club Higos Urco, cuando la última vez que estuvimos juntos en la casa de mis viejos, en ese balcón grande que da a la plaza de armas, contemplando como se pasea la gente por los jardines y al escuchar “Como espuma que inerte lleva el caudaloso río, Flor de Azálea, la vida en su avalancha te arrastró, pero al salvarte hallar pudiste protección y abrigo donde curar tu corazón herido lleno de amor”, le vi llorar y sin darnos cuenta nos estrechamos en un triste abrazo que a la larga fue el de nuestra despedida, esas despedidas que duelen el alma y jamás se olvidan, aunque mi compadrito Conrado, un gran señor, tuvo la gentileza al segundo día de acompañarme hasta el puente de Corral Quemado y decirnos junto a mi esposa Marita “Chao compadritos aquí termina nuestra tierra” y dio la vuelta, escondiendo una lágrima y ya no volvimos a vernos más  y ya que estoy tocando a nuestro club Higos Urco, como olvidarme de mi compadre Héctor Saco Burga, la voz varonil, del hombre probo y sin miedo, cantando Candilejas por la radio de la municipalidad de Chachapoyas el año 1955 “Tu llegaste a mí, cuando me voy. Eres luz de abril, yo tarde gris; eres juventud, amor, calor, fulgor de sol. Trajiste a mí tu juventud, cuando me voy. Entre candilejas te adoré, entre candilejas, yo te amé” y hablando de juventud, habiéndome enterado recién de su muerte, como no recordar a Yolita Rojas, en la casa de mi tía Encarnita Cava y de las Montecitas, cuando cantaba “Te vi pasar después de larga ausencia y en tu mirar descifré tu tormento. No eres feliz lo comprendí al momento y en vez de estar contento, sufre mi corazón. Yo te quería, yo te adoraba, tú lo sabías y sin embargo me traicionabas con otro amor, pero el destino que nada olvida te ha castigado y te ha enseñado a no jugar con el amor y como sé que estás sufriendo y como yo te sigo queriendo, ven amor mío, lo que pasó, pasó”. Adios Yolita te recordaré siempre por tu bondad y calidad humana.

“Nuestro amor es una bendición de Dios y no puede existir pareja tan feliz como nosotros dos. En nuestro gran amor, no hay penas ni rencor, que logren separarnos y la felicidad es fácil de alcanzar queriéndonos así. Tú y yo vivimos en un corazón” … cuanta dicha, cuanta ternura, cuanta felicidad acumulada, aunque la vida con su egoísmo, los ha tenido que interrumpir con momentos de gran pena y tristeza, felizmente compensables con el amor de una abundante familia de hijos y nietos y con una salud que se rejuvenece con el aire fresco y el verdor de las plantas y la risa de nietos y bisnietos.

El flaco Alfredo Zubiate, todo un señor y un caballero, como mis maestros, amigos y hermanos Máximo Abel Rodríguez Culqui, Germán Merino Rubio y Gilberto Rojas Zamora, quienes ocupan su sitio en el Oriente Eterno, tal como mis compadritos Roberto Caro Durango, Guillermo Guzmán, Neil Román, Humberto Corbera, Pablo Mori Meza, José Víctor Mendoza, Napoleón Torrejón que siempre están en mi corazón y quienes ponían cara acontecida cuando el acordeón de mis compadres Leonardo Santillán o mi compadrito Ariel Herrera entonaban en forma disimulada alguna melodía que les removía los conchitos de recuerdos de estudiantes; de Alfredo, no voy a olvidar su cara triste, compungida y casi con la mirada perdida, cada vez que escuchaba “Por qué, tú eres así, el alma entera te di y te burlaste tranquilamente de mi pasión. Si triunfa el bien sobre el mal y la razón se impone al fin. Sé que sufrirás porque tu hiciste sufrir mi corazón. Es una deuda que tienes que pagar, como se pagan las deudas del amor”, el Flaco querido llevó el secreto a la tumba.

Todos los días de mi vida están presentes la imagen de mis viejos, don José David Reina Rojas,  y mi madrecita doña Rosita Noriega, siempre están conmigo, los veo casi todas las noches y los siento a cada instante y por eso que en este día en que estoy haciendo una reseña de canciones de mis amigos, como no relatar la voz alta y varonil de mi padre, que retumbaba con el eco de los cerros en la cuesta de Jelic y de Limón, cuando a mis 8 años de edad era su fiel acompañante en sus viajes de nuestra tierra a Celendín de ida y vuelta, época en la que no había carretera y todo lo hacíamos a lomo de caballo y lo escuchaba “Tú representas las olas y yo las playas del mar, vienes a mí me acaricias, me das un beso y te vas. Llora, llora corazón, llora si tienes por qué, que, no es delito en el hombre, llorar por una mujer. Pañuelo blanco me diste, pañuelo para llorar, de que me sirve el pañuelo si no te voy a encontrar. Llora, llora corazón…”, el sol, como un disco refulgente se iba perdiendo entre los cerros y las lagartijas como pequeños lagartos atravesaban el camino y asustaban los caballos y abajo, muy abajo, el rio Marañón, de color dorado, haciendo quingo quingo en su recorrido, parecía una serpiente de oro, tal como lo define Ciro Alegría, en una de sus obras inmortales y ya que toco el tema de mi familia, como olvidarme a mi Dorisita, “la madrecita chiquita”, para mi y mis hermanos y la “niñita” para todos sus sobrinos, cuando en su alegría innata, gozaba y bailaba cuando escuchaba “Ay,, primo Nando; quiero amanecer con mis amigos parrandeando; quiero amanecer bailando; quiero amanecer con mis amigos rumbeando. En la plaza gozando; quiero amanecer con mis amigos parrandeando. Ay primo Nando, quiero amanecer con la hamaca en el hombro; quiero amanecer con mis amigos bailando” era una castañuela mi linda hermanita, que se robaba el corazón de toda la gente que la conocía y que ahora descansa en el cielo, en la paz de Nuestro Señor y al lado de mis adorados viejos  y tampoco se queda atrás mi hermano el cuarto de los Reina Noriega, que en una Navidad muy triste, inolvidable para nosotros y con el acompañante de uno de sus amigos, viendo la tristeza metida en la sangre de mi padre impresionó entonado una canción que nos encandiló el corazón: a todos los que estábamos juntos “Es un buen tipo mi viejo, que anda solo y esperando. Tiene la tristeza larga, de tanto venir andando. Yo lo miro desde lejos, pero somos tan distintos. Es que creció con el siglo, con tranvía y vino tinto. Viejo mi querido viejo, ahora ya caminas lerdo, como perdonando el viento. Yo soy tu sangre mi viejo, soy tu silencio y tu tiempo” Los ojos de los asistentes se nublaron de lágrimas, en una casona vieja, casi detrás del centro escolar de varones N° 131, se hizo un silencio sepulcral y ese mi viejo, triunfador de mil batallas, lloró como lloran los hombres, cuando duele el corazón y la vida parece que se acaba, confundido en los arpegios de un bandoneón y una guitarra. El firmamento se nubló de pronto y para mi cayó la noche, con su lóbrega oscuridad, y voy caminando en el mundo hasta que aparezca la Luz del final del túnel…….CONTINUARÁ……..

Jorge REINA Noriega
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