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EL TIEMPO Y LA VIDA

Pastillita para el Alma 04 – 04 – 2022 Desde el siglo XIII, se comenzó a medir el tiempo mediante los relojes mecánicos, sin embargo, el hombre desde antes tenía diferentes formas de medir el paso del tiempo

EL TIEMPO Y LA VIDA



04/04/22 - 05:06

Pastillita para el Alma 04 – 04 – 2022

Desde el siglo XIII, se comenzó a medir el tiempo mediante los relojes mecánicos, sin embargo, el hombre desde antes tenía diferentes formas de medir el paso del tiempo, utilizando sobre todo los movimientos del sol o la presentación de las estaciones, en otras palabras, la época de la siembra, de la cosecha, o el momento en que el estómago pedía la presencia de comida para su alimentación. Ahora definitivamente tenemos diferentes tipos de relojes, siendo los más sofisticados los atómicos, que dan las horas exactas.

Después de este introito, no deseo referirme lo que significa el tiempo en su definición exacta, porque este no ha cambiado desde el principio de la vida, porque sigue siendo la magnitud física con que se mide la duración o la separación de los diferentes acontecimientos. 

Ahora me atrevo a referirme a la “actitud y el comportamiento ante la vida”, camisa de once varas, que seguramente va a ser motivo de una serie de críticas y de opiniones en contra, pero, desde ya me disculpo, porque, lo hago sin mala intención, como todo en mi vida con la mejor de las intenciones y sin dañar a nadie.

Todas las diferentes civilizaciones a lo largo y ancho de la tierra se comportan de diferente manera ante la forma de afrontar nuestro quehacer diario, el cual está marcado por costumbres ancestrales o por temas religiosos, imposibles de cambiar. Deseo en este comentario, muy personalizado, ser más práctico y referirme a cómo es que nosotros los amazonenses nos comportábamos ante el paso de las horas, los meses y aún de los años. Referirme a nuestras costumbres, que “personalmente” me ha tocado vivir en mi muy abultada juventud apretujada y que en mi humilde parecer, en nuestra infancia y juventud, fue de paz y de dicha, no solo para mí sino para toda esa población que se inició, no tan lejos por allá por los años del 25 del siglo pasado y que muchos, todavía tenemos la dicha de seguir pertinazmente insistiendo de permanecer en este mundo y con la raza de muchos de nosotros de tener una mente lúcida y no ser dependientes de parientes ni de personas ajenas a nuestro círculo familiar.

Talvez en forma egoísta voy a referirme muy a la ligera a mi acervo o costumbres culturales y de personas muy cercanas a mí, en un “retacito de mi vida”, especialmente de mi actividad escolar.
Desde que tengo uso de razón el día comenzaba a las 5 y 30 de la mañana, o a más tardar a las 6. Mi padre despertaba a todos los muchachos que servían en la casa y se iba a afeitar en un lugar especial donde había un espejo en la pared, de marco de bronce, un lavatorio de fierro enlozado, colocado sobre una pequeña mesa de madera, una repisa con un vaso de vidrio, cepillo de dientes y un diminuto depósito como un platito de loza donde estaba su brocha y su navaja marca Zolingen, que lo afilaba en una correa de cuero que pendía de un gancho en un pilar, ordenaba a los muchachos que barran los corredores de la casa y él salía con destino a sus dos huertas que estaban detrás del mercado, donde sembraba maíz, frejol, papas, alfalfa y hortalizas y también alfalfa, en la segunda huerta que era la más grande, que no era plana, porque tenía una loma al centro, allí es donde sembraba maíz y frejol, porque la tierra era más colorada y no como la del frente que era de tierra negra. En un costado de la huerta grande había un corral, donde estaban las bestias de carga y de silla, que comían alfalfa y tenía unos medios cilindros donde tomaban agua. En un aparte había tres o cuatro vacas con sus becerros de donde sacaban la leche.

Mi padre con mi madre, conmigo y con uno de sus dependientes que le decíamos don Lunes, tomaba desayuno a las 7 de la mañana, en el comedor grande, luego abría su establecimiento comercial y el mismo barría su local, todas las mañanas lo mismo que la acera frente a su tienda, y lo hacía en forma obligada, pienso que tal vez siguiendo un ritual, porque no permitía que lo haga otro, salvo a mi cuando ya estaba en época de colegial del San Juan y especialmente a la hora en las que salían las niñas del colegio y siempre con la intención de demostrarme que el hombre nunca debe tener vergüenza de nada de lo que hace siempre y cuando no sea algo malo…

En la primaria, salía de la casa, a más tardar a las 8 y30 de la  mañana para entrar a las 9 en punto en el centro escolar de varones N° 131, que distaba un kilómetro desde mi casa en la plaza de armas, siempre me iba con uno de los muchachos que estaban en el mismo año o uno o dos delante de mí , como es el caso de mi compadre Paulino Mori Rabanal, quien era mi amigo y mi protector, ya después en los últimos años de la escuela se sumó Víctor Molinari, uno o dos años mayor que yo, blanco y medio colorado y más alto, también mi compadre, con los que me he criado y estudiado, bajo la tutela de mi padre, que nunca hizo distinción entre los tres, porque a los tres nos encomendaba las mismas tareas y nos castigaba con el mismo rigor, pero nunca, jamás físicamente. Antes de Víctor y Paulino, estuvieron conmigo Balta, Alfonso y Alejandro Collaves, procedentes de Celendín que alzaron vuelo y se fueron por diferentes caminos.

 A la una en punto de la tarde almorzábamos en el comedor grande y siempre nos sentábamos a la mesa después que lo hacía mi padre y nunca nos levantábamos antes que él se levante. El almuerzo lo hacíamos con una oración de gratitud a Dios por los alimentos que nos daba. A la una y treinta salíamos nuevamente para la escuela y salíamos a las 5 de la tarde, donde nos íbamos a echar guano a la alfalfa, a dar de beber agua a los caballos y a encerrar a los becerros, siempre los tres, luego tomábamos nuestro lonche y hacíamos algunos trabajos que nos encargaban en la escuela, para lo cual tenía un cuarto especial con una mesa y donde hacía lo que ahora lo llaman las tareas. A las 7 y 30 de la noche cenábamos, siempre todos juntos y con el mismo ritual. A las 8 de la noche nos sentábamos a escuchar “El reporter ESSO”, un programa de noticias nacionales e internacionales, especialmente de la segunda guerra mundial, en una radio grande a tubos, de color medio anaranjado, alto, como un espejo de medio cuerpo, que funcionaba con batería de carro. Mi padre nuevamente entraba a su establecimiento comercial y a las 9 todos los muchachos ya entrábamos al dormitorio para dormir, pero previamente con un vaso de leche caliente para tener buen sueño.

Ahora, en estos tiempos los niños se levantan cuando quieren, especialmente en la época de la pandemia o en vacaciones, muchos de ellos almuerzan solos, las más de las veces cuando tienen hambre: los padres ambos trabajan y llegan a diferentes horas a sus domicilios y es la empleada del hogar las que se encarga de los alimentos y del cuidado de los niños. Los infantes pasan la mayoría del tiempo mirando televisión de programas insulsos de monstruos, de guerras y peleas y los mayorcitos ven series policiales o de episodios románticos. Las tareas empiezan a hacerlas cuando llegan los padres, en el escaso tiempo que los dedican. El smartphone, o el teléfono inteligente, es ya parte de la anatomía de la mano de los niños y más de los adolescentes y de los adultos jóvenes. Todo el tiempo están respondiendo mensajes, riéndose solos y nunca por nunca, cuentan en lo que se entretienen. Las niñas y las señoritas toman fotografías de todo, e inclusive se autorretratan en diferentes poses y muchas de ellas pasan gran parte de la noche intercambiando mensajes, que tampoco se sabe con quiénes. Las madres como siempre son las grandes heroínas de nuestras viviendas, se dan tiempo para todos y para todo y aún para ver sus telenovelas. Son las que llevan la administración del hogar, los pagos de los arbitrios, el agua, la luz, la adquisición de los alimentos y el pago de la vivienda, para aquellos que no tienen casa propia, entre otras cosas más. Qué de donde les alcanza el dinero, vaya uno a saber, son las únicas que trabajando todo el día jamás se cansan, mientras el esposo llega de su oficina o de su centro de trabajo y lo primero que dice apenas traspasa el umbral de la casa, “es que se siente muy cansado”, el badulaque, por su mucho trabajo, pide sus alimentos y generalmente se sienta ver sus programas favoritos, pidiendo que no lo interrumpan y que los niños no hagan bulla. Claro que, aunque no se crea, para nosotros los patrones, el charro Vicente Fernández, se inspiró en nosotros y nos canta “Con dinero y sin dinero; yo hago siempre lo que quiero; y mi palabra es la Ley. No tengo trono ni reina, ni nadie que me comprenda, pero sigo siendo el Rey”.

Mis queridos y estimados amigos, tal como digo, el tiempo sigue igual, las horas con sus sesenta minutos, el día con sus 24 horas, los meses con 29 y 31 días, los años con 365 días y 6 horas, pero lo que ha cambiado es nuestro estilo de vida, a pesar que con el modernismo, el vivir se nos hace mucho más fácil, por todos los adelantos que ahora disponemos. Tal vez, nosotros somos la última generación que hacíamos y respetábamos a nuestros padres y a las personas mayores, teníamos vergüenza, si nos dejábamos jalar en un curso y era la catástrofe repetir un año. A las señoritas nunca las veíamos fumar en la calle y menos estar sentadas en una cantina tomando licor y menos verlas entrar acompañadas a un hotel, ya que, en nuestro tiempo, solo había dos, uno en la plaza de armas de don Pedro Castañeda, el hotel Amazonas y el otro el hotel Los Andes, en la calle de El Comercio de Amado Aliaga Sánchez. Para los mal toncitos, comprar un preservativo en la farmacia de doña Alejandrina Villacrez, era toda una osadía y había que envararse con el Tachuela, que era su dependiente, que a veces se le ocurría decir: doña Alejita este joven quiere un condón, lo que motivaba que salgamos disparados de su farmacia antes de que empiece a requintarte, como cochino, sinvergüenza, ya lo diré a tu padre.

*EL TIEMPO SIEMPRE SERÁ EL MISMO, LO ÚNICO QUE CAMBIA ES LA FORMA COMO AFRONTAMOS LA VIDA*
Amor arrepentido/ ave que quieres regresar al nido/ a través de la escarcha y las neblinas;/amor que vienes aterido y yerto, / donde fuiste feliz… ¡ya todo ha muerto! / No vuelvas…¡Todo lo hallarás en ruinas!/// Hace tiempo se fue la primavera/ Llegó el invierno fúnebre y sombrío!/ Ave fue nuestro amor, ave viajera/¡Y las aves se van cuando hace frío!.....   Ismael E. Arciniega

Jorge REINA Noriega
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