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BARRIOS Y COSTUMBRES DE CHACHAPOYAS

Pastillita para el Alma 29 – 12 – 2022 Nací en la década del 30 del siglo pasado, en una ciudad apacible de 3 a 4 mil habitantes y creo que exagero en la cantidad

BARRIOS Y COSTUMBRES DE CHACHAPOYAS



29/12/22 - 04:32

Pastillita para el Alma 29 – 12 – 2022

Nací en la década del 30 del siglo pasado, en una ciudad apacible de 3 a 4 mil habitantes y creo que exagero en la cantidad, pero eso no tiene importancia, pues solo me interesa describir la tranquilidad de mi pueblo. Chachapoyas la ciudad de mis amores, está ubicada al pie del cerro del Pumaurco y rodeado por los cerros de El Colorado, el Shundor que se extiende hasta el distrito de Huancas, el Malcamal, que se mira a lo lejos como una meseta. Con tres jirones paralelos orientados de este a oeste y atravesados por una serie de calles, con casas huerta, que se iban desde la plaza de armas hasta Tushpuna, con dirección al cerro del Malcamal y tres calles o jirones paralelos de la plaza de armas con dirección al cerro de El Colorado. Las calles más conocidas era el jirón de Santo Domingo que se extendía casi hasta Shacshe, la mayoría del camino todo era empedrado, una continuación de los antiguos Caminos del Inca, jirón por donde se llegaba y se salía de la ciudad con destino al rio Utcubamba y al rio Marañón. La otra calle de salida y llegada con destino a la selva, era la calle del Atajo, que estaba por detrás del Centro Escolar 131 en la última cuadra del jirón de El Comercio por la zona de Zeta, camino a las pampas de Higos Urco. La mayoría de las casas eran de adobe y otras de tapial, con techos de tejas y algunas con techo de paja, amarradas con guanchiles. La mayoría de las calles tenían un sequia al medio de la calle, que servía como desagüe y los cercos de las huertas eran de pencas y ancocashas. Las veredas la mayoría de tierra apelmazada y las cercanas a la plaza de armas con piedras calizas, donde las gotas de lluvia, de las goteras, hacían pocitos, que los muchachos utilizábamos cuando juagábamos con bolitas de cristal o con choloques.

Había 4 barrios bien definidos, que comenzaban en la plaza de armas y cada barrio tenía una cuadra que delimitaba el perímetro de la plaza, como es, hasta la actualidad. Están los barrios de Yance, que comienza en el cruce del jirón Ayacucho y ahora Ortiz Arrieta; luego La Laguna en el cruce de Ayacucho y jirón Grau; luego jirón El Comercio, ahora Amazonas cruce con Grau, el barrio de Santo Domingo, y por último en el cruce del jirón Amazonas y Ortiz Arrieta el Barrio de Luyaurco. 

El barrio de la Laguna es el que tiene mayor número de iglesias, están la de El Señor de Burgos, la de San Lázaro, la de la Virgen de Belén, la de la Virgen de la Merced, la capilla de Tushpuna y la iglesia del Señor de la Buena Muerte del Cementerio y desde el año 1964 la capilla del Hospital Virgen de Fátima, además en este barrio quedaba la cancha de futbol de Belén, escenario de grandes acontecimientos futbolísticos y de gincanas y pasatiempos que hacía el colegio San Juan y la Guardia Civil del Perú al costado de lo que es ahora el estadio Kuélap. En el barrio de Santo Domingo están la catedral, la capilla de Tingopampa y la iglesia de Santo Domingo. En el barrio de Luyaurco la iglesia del colegio Seminario de Jesús María, la iglesia de la Virgen de Asunta, patrona de la ciudad, la iglesia de la Virgen de Natividad y la de Santa Ana, que fue la primera iglesia que hubo en Chachapoyas y ahora está convertida en un museo. En el barrio Yance, en esos tiempos, no había ninguna iglesia ni capilla, estaba el mercado de abastos y el camal donde se beneficiaba las reses.

Ahora nuestra ciudad se ha convertido en una urbe grande, donde ya no existe la confianza de antes. Los moradores la mayoría son gente desconocida que han venido de los pueblos cercanos; se han creado urbanizaciones, asentamientos humanos e inclusive invasiones a terrenos de propiedad privada, según algunos comentarios.

Realmente de esa ciudad tranquila y apacible de la época de mi infancia y mi juventud, ahora solo queda el recuerdo. Antes las puertas y portones de las casas no permanecían cerradas ni menos con seguros o candados. Los vecinos tocaban la puerta y entraban, no había desconfianza de robos o de asaltos, casi todos nos conocíamos y si mal no recuerdo, ante la ausencia de hoteles, los forasteros pedían hospedaje y la gente los acomodaba en lo mejor de su vivienda. Nunca se escuchaba de algún robo ni mucho menos de algún asesinato o de alguna violación. Los vecinos eran considerados como parte de la familia y si alguien mataba un chancho se acostumbraba convidar a los vecinos una mezcla de papas sancochadas, con pedacitos de hígado y chicharrones, con una lapa de purtumote, que se conocía con el nombre de la “costumbre”. Los cumpleaños se celebraba con serenatas en la víspera, saludos, algunos regalos y libación de copitas de licor de diferentes sabores, sin faltar nunca la chicha de maní o de arroz; los nacimientos se celebraban con mucho boato y alegría y se nombraba a los compadres del agüita de socorro, que consistía en colocar un poquito de agua en la cabecita del bebito, que generalmente lo hacían las damas, mientras que los hombres pedían el wambrishpa, que consistía que los vecinos y amigos tomaban copas de licor o de cerveza, con el papá de la criatura. Los bautizos eran fiestas grandes donde el padrino tenía que arrojar monedas a los niños que se amontonaban en la puerta de la iglesia, gritando “capillo, capillo, sino que se muera el muchachillo” Otra tradición que se practicaba era que los padres dejaban que crezca el pelo del bebe y antes del año y medio se invitaba a los vecinos y amigos para cortar el pelo del bebito, que lo llamaban el “lantarruti” y por cada mechoncito de pelo tenían que depositar dinero en un azafate primorosamente adornado y a la vista de todos, para ver cuanto depositaba cada padrino. En los matrimonios religiosos los novios se casaban generalmente en la catedral y el trayecto de la casa a la iglesia se hacía caminando, encabezado por los padres y con lámparas petromax que daban buena iluminación. Después de la ceremonia se hacía la fiesta generalmente en la casa de la novia y a las doce de la noche, los novios se retiraban a una habitación cuya puerta estaba adornada con flores de rosas y cortinas de tul, mientras el baile continuaba y los muchachos, sigilosamente, nos acercábamos a la puerta tratando de escuchar algo, de algo. Una sola vez recuerdo que el padre de la novia, entre pisco y nazca, cuando arrayaba el día, levantaba a los novios somnolientos y mostraba, a los pocos tertulianos que esperaban el caldo de gallina, la sábana manchada y en voz alta decía “esto es el honor de mi hija”, claro que en esa época no había la prueba del luminal para comprobar si realmente era sangre o tinte de pepitas de sauco. 

Los velorios era un acontecimiento aparte, empezaba con la visita obligada del carpintero que hacía los ataúdes, quien llegaba al dormitorio del moribundo y en forma disimulada lo “cuarteaba” al paciente con el fin de no fallar en el tamaño de la caja mortuoria, después venía el curita que le daba los santos óleos y el día de la muerte el difunto era colocada en la sala de la familia, con mantos negros cubriendo las fotografías y pidiendo a un curioso que decore la capilla ardiente, sin olvidar el reclinatorio a los pies del difunto para que alguno que otro venga se arrodille y rece pidiendo por el descanso eterno del difunto. La gente que llegaba al velorio generalmente asistía con vestido negro y trayendo algunas viandas o botellas de licor. Las mujeres con mantillas cubriéndose el cabello y parte de la cara, mientras los hombres se reunían en un aislado del patio para charlar y contar chistes colorados, tomar aguardiente y la mayoría de las veces ponerse a coquear. En la portada de la casa siempre estaba prendido un farolito, que era la señal que había un muerto velándose. Las plañideras llanteaban a moco tendido y haciendo trágico el ambiente, muchas de ellas eran contratadas y uno se daba cuenta porque cuando lloraban decían: “Laushito el quellamito, tan bueno que era” porque no sabían el nombre del muerto y contaban algunas virtudes que había tenido el difunto. El velorio duraba mínimo 48 horas y el día del entierro, las niñas vestidas con ropita blanca llevaban las coronas con dirección al cementerio, mientras el ataúd era cargado por los deudos y las personas distinguidas llevaban las cintas. En el cementerio después del responso de ley, hecho por el cura de la iglesia o por sacristán se colocaba la caja en un hueco de más o menos 2 metros de profundidad, se arrojaban algunas coronas y luego se procedía echar la tierra y los deudos invitaban a los acompañantes a la casa donde los esperaban con un almuerzo. En la noche continuaba el velorio durante diez días durmiendo los deudos y los acompañantes en el salón del velatorio, el décimo día siempre se mandaba decir una misa de los diez días y era el día en que se apagaba el farolito de la puerta de la casa.

Solo describir en pequeños rasgos estos retacitos de vida, que era la costumbre de cientos de años de la gente que, como yo, somos testigos presenciales, de estos detalles que dicen  de la alta alcurnia y nobleza, de los pobladores escondidos, detrás de la cordillera oriental de nuestra patria, en este escenario del gran teatro de la vida, donde esos detallitos insignificantes que han quedado impregnados en la piel de nuestros pobladores, dicen que, entre los españoles y los extranjeros que llegaron a nuestra tierra, vinieron damas y caballeros de otras latitudes que nos legaron sus costumbres y su filosofía ancestral, que ha perdurado a través de los años y aún ahora, inclusive con el bullerío del modernismo, quedan metidos en los resquicios de nuestros corazones, esos usos y costumbres que nos hacen diferentes, en nuestras actitudes y comportamientos, ante la alegría o la tristeza, porque muestran en su ínfima esencia, la prueba de la resistencia del transcurrir del tiempo que no ha logrado modificar nuestra calma, paciencia, la tolerancia, la bondad, la humildad y nuestra Fe inquebrantable a Nuestro Señor Jesucristo y su Madre Santísima, la Virgen María, que se muestra en nuestras velaciones y procesiones y diversos actos litúrgicos.

Por todo eso te amo Tierra bendita, por la calidad de tu gente, por la bondad de la misma, por tu purtumote, por tus juanes, tu cecina, tus panes y tus murones, bizcochuelos y brillantes, por el sonido ausente del viejo acordeón en las manos de mi compadre Chinche, mi compadre Crespo, la trompeta con sordina de Cullampe, las canciones románticas de mi compadre Polla, la voz varonil de mi compadre Saco Burga, el pundonor y el cariño defendiendo la casaquilla de El Higos Urco en los campeonatos de Vóley del Colegio San Juan de mi Dorisita Reina, de Lorica Rodríguez, la caballerosidad y las lágrimas de mi compadre Conrado, el campeón de Belén, las bicicletas y las chalacas de Buenita Burga, su pelo engominado de Toto Burga, de Pepito Lacerna, del arquero imbatible el invicto Ángel Rojas, de mí pata el Cañón, con Primitivo Reategui y Napito Latorre, defendiendo el área chica, en las tardes famosas de Belén, de mi compadre José Víctor Mendoza, un gran sachapuyos, pero un señor de señores, por mi amigo Mechao, dueño de la Pared Caída y muchos de mis grandes amigos, como mi compadrito el  chino Guillermo Guzmán, mi compadre el Dr. Roberto Caro Durango, nuestro eterno delegado, el rabioso wishto Gume Sánchez y mi compadrito Mote Eguren. Personajes como muchos otros que sería muy largo describir, que ahora nos miran desde el cielo, pero viven eternamente en mi memoria.

Jorge REINA Noriega
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