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CENTROS DE SALUD DE CHACHAPOYAS

Pastillita para el Alma 09 – 02 – 2023 Nací un 7 de mayo, 14 años antes de cumplir la mitad del siglo XX, allá lejos en la fidelísima ciudad de San Juan de la frontera de los Chachapoyas,

CENTROS DE SALUD DE CHACHAPOYAS



09/02/23 - 11:18

Pastillita para el Alma 09 – 02 – 2023

Nací un 7 de mayo, 14 años antes de cumplir la mitad del siglo XX, allá lejos en la fidelísima ciudad de San Juan de la frontera de los Chachapoyas, una localidad asentada en las faldas de un ramal oriental de la cordillera de los Andes, escondida, aislada y olvidada, pero conservadora, decente, respetuosa y orgullosa de sus costumbres y de la amabilidad de su gente y aunque suene extraño, teníamos lugares donde nos curábamos, además de nuestros brujos y nuestras curiosas, verdaderos guardianes de la salud, en tiempos inmemorables, en que se sentía más cerca la Mano de Dios y el poder de nuestra Fe. 

En esa época la paz y la tranquilidad reinaba en esa ciudad apacible, sin  luz eléctrica, sin agua ni desagües, sin los elementos más mínimos del cuidado de la salud, con un hospital viejo a las afueras de la ciudad, una casa de paredes blancas asentada en la falda de un cerro, a donde se llegaba por unas escaleras de piedras, a ese local de un solo piso, con una puerta central y ventanales grandes, con techo de tejas y pilares redondos de color blanco, que rodeaban un callejón de ladrillos rojos. En esa casa, había dos pabellones a cada lado de la entrada principal, con camas de una sola plaza, alineadas en dos filas y con las cabeceras pegadas a las paredes y con un pasadizo central, donde se paseaba gallardamente la madre Martha, con su hábito blanco y su mandil del mismo color, con dos bolsillos, siempre repletos de cajas de mentol o pomadas de salicilatos, entre mesclados con su rosario de cuentas blancas y su devocionario con pasta de carey. En las paredes había repisas de madera donde se colocaban las lámparas de kerosene o los candeleros, algunos de bronce y otros de arcilla, traídos de Huancas, para las ceras de espelma y velas de Castilla, o uno que otro candil con aceite de pepitas de igrilla. Detrás de los pabellones, estaban las oficinas administrativas, un tópico grande, como consultorio, con una camilla, un biombo de tela y un escritorio de madera y un cuadro del Corazón de Jesús, pendiente de un clavo en la pared, detrás de la silla donde se sentaba el señor médico, además una mesa y un primus con una bandeja de fierro enlozado donde hervían las jeringas de vidrio y las agujas de metal, para las inyecciones intramusculares, aplicadas por la señorita Dominguita Trauco, que solícitamente ayudaba a la madre Martha. También había un lugar como despensa y la cocina para preparar los alimentos de los pacientes y casi detrás del tópico, una salita de operaciones, que las más de las veces servía como sala de autopsias, en las pocas ocasiones cuando ocurría un homicidio. Detrás de la casa grande había un pabellón aislado aproximadamente unos 10 metros, donde se alojaban los enfermos tuberculosos, venidos generalmente de Moyobamba y Rioja, para aprovechar el buen clima y la magnífica alimentación, haciendo las veces del distrito de Jauja en el centro del Perú. El señor médico que atendía en dicho hospital era el Dr. Emilio Benzeville, un señor con bigotes, a lo charro mexicano, de voz fuerte y gruesa, que cuando hasta te contestaba el saludo parecía que te está riñendo, pero con un corazón blanco y el especialista en solucionar los problemas de parto, cuando las curiosas parteras se les presentaba un parto difícil que lo resolvía magistralmente usando los fórceps, que era como dos cucharones planos con los que extraía al bebe. En esa época también estaba el Dr. Buenaventura Burga, médico general, clínico, que veía a casi toda la población, grandes y chicos y era famoso por sus recetas de cucharadas y pomadas, linimentos y frotaciones, que lo hacían en la Botica de don Benjamín Reina, de don José Santos Vigil o de don Luis Rojas Hidalgo. El doctor Buenita era un alma de Dios, tenía su fundo en El Molino y atendía en su consultorio que estaba en su casa, ubicada en lo que es ahora el jirón Amazonas y el jirón Chincha Alta. 

MATERNIDAD DE CHACHAPOYAS
En la plazuela de Belén al costado de la iglesia de la Virgen de Belén, estaba una casa grande, dentro de un pequeño bosque de árboles de cipreses y de pinos, casa de un solo piso con corredores ancho de piso de ladrillos, con pilares de madera. Era la Maternidad de Chachapoyas, con una puerta con rejas de madera que daba al jirón El Triunfo, luego un corredor largo de uno 25 o 30 metros, con ventanas y una o dos puertas que daban al corredor y siempre estaban cerradas y al final había un tópico, hasta donde yo tenía acceso, lugar donde atendía la señorita Rosita Chávez Cava y hacía las veces de una enfermera práctica que reemplazó a su hermana mayor Jesusita, con las mismas condiciones y aptitudes de cariño a las señoras que estaban hospitalizadas, generalmente mujeres que estaban en trabajo de parto. También el Dr. Benzeville me parece que estaba a cargo de la maternidad, porque algunas veces lo veía con su mandil blanco y si mal no recuerdo, no había ninguna obstetriz, pero si estaba doña Toribia Ramos Soplín, que vivía en el jirón Triunfo, a la espalda de la catedral, una señora experta en los trabajos de parto, que casi la mitad de los niños de ese entonces le decíamos Mama Toribia, porque ella era una señora que ayudaba en el nacimiento de casi toda las señoras de la Fidelísima ciudad y solo cuando los partos eran difíciles, en los casos de presentación podálicos o de pie o cuando había un bebé que tenía un cordón umbilical enrollado en su cuello, recurría al Dr. Emilio Benzeville para solucionar los problemas de los partos difíciles, mediante el uso de los forceps. La señora Toribia Ramos, en el tiempo en que el Dr. Roberto López Ibarra, era director del Área de Salud, le hizo un reconocimiento oficial, con un diploma, en mérito a los servicios prestados a la colectividad chachapoyana, gesto que fue muy aplaudido y de aprobación general. Si mal no recuerdo, en el tiempo que estaba estudiando en el Centro Escolar 131, llegó un Dr. Gardella de la Guardia Civil que también era gineco obstetra y ayudaba a las parturientas; luego llegó un Dr. Chinchayán, también de la Guardia Civil, que decían que hacía operaciones de hernias, en el viejo hospital. 

EL DOCTOR HAROLD LINDSAY
Era un médico de Escocia, de la iglesia Presbiteriana, que una vez al año llegaba a Chachapoyas, procedente de la ciudad de Moyobamba, donde residía y se iba a realizar campañas médicas a la ciudad de Chachapoyas, alojándose en la casa ubicada en la plaza de armas, en la intersección entre los jirones Ayacucho y Grau, la casa conocida como de los Mackay. Este caserón tenía dos frentes, uno de ellos que daba a la plaza de armas y colindaba con la propiedad de don Celso Eguren, daba la vuelta la esquina y terminaba en lo que es ahora el Banco de la Nación o la Caja de Depósito y Consignaciones de ayer. El frente a la plaza de armas eran tres tiendas, que siempre permanecían cerradas, con unas pequeñas ventanitas enrejadas pegadas a los umbrales, para la entrada del aire y la luz, en esos salones o tiendas estaba el consultorio, la sala de operaciones y la sala de recuperación para los pacientes operados. El frente que daba al Centro Escolar de Mujeres en el jirón Ayacucho, más o menos a 25 m de la esquina de la plaza, tenía un portón grande, que daba ingreso a un patio gigante con jardines y rodeado de corredores con piso de ladrillos, de paredes blancas, con un silencio muy especial y lo que jamás se borra de mi mente es el olor suigéneris, que yendo el tiempo, cuando ya era estudiante de Medicina, me di cuenta que, era el olor al éter de cloroformo, que utilizaba el Dr. Harold Lindsay para sus intervenciones quirúrgicas y que era administrado por su enfermera la miss Marion.

Tengo entendido que la casa de los Mackays, como se la conocía, fue comprada por la Misión Evangélica, que llegó a Chachapoyas, en los primeros años de la década del 40, procedente de Cajamarca, para establecer una iglesia Presbiteriana, sin embargo, no fue bien acogida por la colectividad chachapoyana, demasiado conservadora, tanto así, si, mal no recuerdo, “los profesores” de los centros escolares, nos inducían a los niños, para apedrear la casa de los Mackay, cuya irresponsabilidad hizo que el director de la Misión emprendiera viaje a la ciudad de Moyobamba, capital de la región San Martín, donde se establecieron hasta el presente y fundaron la clínica San Lucas, donde he tenido la suerte de trabajar, haciendo Campañas Médicas de Labio Leporino y Fisura Palatina, por muchos años, por invitación  de un excelente profesional médico el Sr Dr. Apolos Landa, director de la Clínica San Lucas y reverendo Anciano de la Iglesia Presbiteriana de Moyobamba.

Al Sr. Dr. Harold Lindsay, hasta ahora le recuerdo con la misma admiración y respeto desde que tuve la oportunidad de conocerlo en la casa de los Mackay, cuando yo era un niño y furtivamente tenía la suerte de entrar y recorrer con los ojos abiertos, sus corredores solitarios y adormecerme con el olor al éter. Contemplar al “gringo”, un hombre alto, delgado de ojos azules, todo vestido de blanco, desde los zapatos, con una mirada angelical y una sonrisa contagiante en sus labios, que en cierta oportunidad me sorprendió y agarrándome de la mano me llevó, media cuadra, hasta el establecimiento comercial de mi padre, en la plaza de armas, siendo ese motivo para que ellos se hagan grandes amigos, tanto así que el Dr. Lindsay era un visitador frecuente de nuestra casa y fue la miss Marion la que atendió a mi madre en el parto que llegó mi hermanita y sugirió que la recién nacida, que iba a llamarse Rosa, le pongan el nombre de Doris, por Doris Day, que nosotros no sabíamos quién era.

El Dr. Lindsay, fue todo un personaje en el oriente peruano. Recuerdo con mucha admiración que muchas de las damas de mi tierra tomaban el avión y se iban a dar a luz en Moyobamba, así como muchos pacientes que eran portadores de hernias de diferentes clases iban para someterse a las manos prodigiosas del doctor Lince, como todos lo conocíamos, aunque año tras año, siempre venía la Misión de Moyobamba, para curar a nuestros muchos enfermos, hasta la época de los últimos años del 50, cuando empezaron a llegar nuevos profesionales médicos.

A Chachapoyas, vinieron muchos de sus hijos que fueron a Lima a estudiar Medicina, como por ejemplo el Dr. Alberto Villacorta, el Dr. Israel Angulo, el Dr. Augusto Lanatta, el Dr. Roberto López Ibarra, que vino como jefe de la Posta Médica que estaba a la espalda del Centro Escolar de Mujeres y cerca al mercado de abastos, también el Dr. Lino Velarde, como médico de la Policía, el Dr. Manuel Frías, el Dr. Carlos Olascoaga, el Dr. Neil Román, el Dr. Miguel Mendoza Castro, hasta que se creo el Hospital Virgen de Fátima, que se inauguró en el año 1964 y trajo una cantidad de profesionales de diferentes especialidades, los cuales hasta ahora han dejado su huella inolvidable en el cuidado de sus enfermos. También yo tuve la suerte de regresar a trabajar a mi amada Chachapoyas, como médico de la Sanidad de las Fuerzas Policiales, procedente de Iquitos y siendo trasladado después de 4 años de servicios, a la ciudad de Lima como médico del Palacio de Gobierno en la época del presidente Velazco Alvarado.

Rindo un homenaje a todos los señores médicos de la región Amazonas, a los de antes y a los actuales, porque de todos ellos, yo he bebido de su sabiduría y su don de gente, he admirado y sigo admirando, la dedicación y la voluntad que ponen en la atención de sus enfermos, sin embargo, merecen especial mención de mi parte, el Sr. Dr. don FRANCISCO LENGUA ALMORA, un verdadero maestro de la Medicina y de la Cirugía, humilde como ninguno, hábil, audaz, acucioso y sabio con sus manos “temblorosas”, con el que tuve el honor de formar el equipo de los 4 cirujanos (Comandante Francisco Lengua, Comandante Óscar Gavilano; comandante Lizardo Helfer, capitán Jorge Reina Noriega) que hicimos el segundo trasplante de riñón en el Perú, en el Hospital Central de las Fuerzas Policiales de un hombre vivo a un enfermo, a diferencia del Dr. Romero Torres del Centro Médico Naval, que hizo el primer trasplante de riñón, de un cadáver a un  enfermo. Trasplantes que ayer eran toda una epopeya y una hazaña en la actividad quirúrgica, sin microscopio ni artilugios especiales y ahora con los últimos adelantos, son cirugías de casi todos los días.  Aprovecho, también, esta oportunidad, para rendir un homenaje especial, en dos líneas, al hombre que inspiró y despertó mi vocación por el Sacerdocio de la Medicina, el Dr. HAROLD LINDSAY, un hombre a carta cabal que además de curar y operar el cuerpo de sus pacientes, se daba el tiempo para curar el alma y demostrarles la acción benéfica y fundamental del Cristo vivo y resucitado, que hace de la materia humana, hombres nuevos, diferentes, con valores éticos y morales, que aman a su familia y a su Patria el Perú.

Jorge REINA Noriega
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